“Historias de…”: Alba

¡Holi a todos!

Como no podía ser de otra manera, a mi también me gustaría que conocierais mi historia. Así que hoy, en “Historias de…” podéis leerla. No será la mejor ni la más bonita, pero mi mensaje siempre será en mismo: todo mejora. Espero que os guste. También podéis leer aquí la de Patri.

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Mi experiencia personal

Mi historia… mi culebrón más bien. No sabría cómo empezarla. Desde pequeña, jugaba a construcciones, jamás he sido una niña a la que le llamen la atención las Barbies. Las veo super idealizantes y estúpidas, pero ese es otro tema. A los 5 años, empecé a jugar a baloncesto, jugaba con chicos al fútbol y pensaba que jugar con las demás compañeras de clase era aburrido. Se reían de mi por estar gorda, ser más alta, tener estrabismo, y un sin fin de cosas de las que solo los niños o personas inmaduras se burlarían hoy en día.

Al llegar al instituto y con las hormonas en plena efervescencia, mi cabeza se empezó a llenar de dudas. Miraba a chicos, miraba a chicas, pero nunca me acababa por decidir. Llegó un punto en que me di cuenta de que me fijaba más en las chicas, ya no físicamente, si no… me sentía atraída por ellas. Y mi cabeza empezó a debatirse entre “Deben gustarme los chicos, pero en cambio me gustan las chicas. ¿Y si me gustan los dos?” . Supongo que pensaba que para la sociedad, para mi entorno sería más aceptable si me gustaban los dos sexos. Además, ¿por qué se tendrían que enterar?

A los 15 años, se lo confesé a mi mejor amigo, porque sí, mi persona de confianza es un hombre. Ha sido, es y será, posiblemente, la persona que más me ha apoyado desde que nos conocimos. Le dije que era bisexual. Pero es la típica fase que muchas, por no nombrar a la mayoría, decimos para que no suene demasiado escandaloso. Aunque sepamos que es mentira, porque indirectamente, yo era super consciente de que a mi, los tios no me molaban para nada. Durante un par de años, seguí buscándome a mi misma, porque si de una cosa estaba segura es que aún no me había encontrado. Y me di cuenta. Me colgué perdidamente de una chica. No sabía el porqué, ni cuándo ni cómo, pero no podía dejar de mirarla, de buscarla para cruzarnos, de sacarle conversación cuando tenia oportunidad. No es que pasase nada, pero en ese momento me cercioré. Y me asusté. Me asusté porque me vinieron a la mente montones de preguntas. Los típicos ‘Y si…’.

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Pero me aclaré. Y me aseguré, muy asegurada. Al principio no piensas que sea necesario contarlo a nadie, tampoco es una obligación. Al fin y al cabo, ¿a quién le interesa lo que haces en una habitación con la persona que quieres? ¿Va a condicionar eso tus aptitudes como persona? Pero, como sabéis, una madre siempre es una madre. Cuando se lo dije, me miró, me sonrió y me dijo: “¿Crees que no lo sabía ya? No te voy a hacer una fiesta, porque para mi es algo normal. Solo quiero que seas feliz.”
Aunque si tuviera que describir la manera en la que se lo dije a mi padre, tal vez no fue la más correcta. Mi padre era el típico español de derechas que piensa, por lo que ve en la TV, que los homosexuales somos promiscuos, salidos, camioneras, machorras, fiesteros o reinonas. Y claro, no creo que le hiciera mucha gracia que su hija, a quien él ha criado, le fuera a salir ‘tortillera’, ¡Qué vergüenza para la familia, chico! El caso es que se lo dije, y esa misma noche, nos sentamos los dos solos en el salón y se disculpó conmigo por todas las veces que había dicho que “Los ‘maricones’ tenían que quemarlos a todos” y toda esa sarta de cosas parecidas, que me quería, que era chocante, que tenía que habérselo dicho… Y tras esa conversación, estuvimos un mes bastante tensos. Pero bien.

A día de hoy, y tras conocer y dejar de conocer a muchas personas, puedo decir que tengo una pareja que me ha ayudado a mucho, ya sea en lo personal como en lo familiar. A que mi padre, por ejemplo, vea que no todas las lesbianas somos el típico estereotipo de mujer con camisa, súper bestia que se corta el pelo corto. Puedo decir también, que sí mejora. Que todo mejora muchísimo más de lo que nos pensamos cuando estamos dentro del armario. Que hay gente que te sorprende, te acepta y te ayuda. Que quien es tu amigo de verdad estará ahí, seas hetero, homosexual, bisexual, transexual, pansexual, asexual o lo que tú quieras ser, que para eso eres tuyo. Y quien te quiere, no va a etiquetarte por lo que eres, y le va a importar más quién eres. Así que sí, hay que luchar, pero siempre, siempre hay recompensa.

Alba.

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