“Historias de…”: Cynthia

Os traemos la historia de una persona muy especial, o al menos para nosotras lo es. Hoy nos habla Cynthia, una chica de Extremadura que pronto se mudará a la bonita ciudad de Sevilla, la cual tiene un maravilloso blog donde comparte con todos nosotros sus pensamientos en forma de poesía. Os lo recomendamos porque os podréis sentir identificad@s con más de uno de ellos, y os engancharéis. Cynthia nos cuenta su maravillosa historia de superación.
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La primera vez que me llamaron lesbiana lo negué en rotundo. Fue hace unos 15 años –voy a hacer 21, echad cuentas–, y yo estaba enamorada de Lucía, una chica que vivía cerca de mi barrio,  en un pueblo de Sevilla. <<¿Por qué lo negaste entonces? ¿Acaso no te gustaba una chica?>>.  Sí, me gustaba una chica, pero en aquel momento yo no tenía ni idea de lo que era ser lesbiana. 

Yo solo era un niña de 6 años a la que les gustaban las niñas, nada más. No sabía que era un armario y lo veía en mis pesadillas como un mueble antiguo y descuidado que me devoraba cada noche sin compasión alguna. Cuando alguien me preguntaba quien me gustaba, yo nunca decía el nombre de un chico, siempre decía “Lucía”, y la situación se fue normalizando tanto que, en mi grupo de amigos, aun siendo tan precoces, se sabía perfectamente que yo estaba enamorada de otra niña, y no se me juzgaba por ello.

Recuerdo un episodio en el que, con a penas 6 años, le confesé a mi madre que me gustaba mi amiga. Imaginad su cara. Ni la reacción de una monja a un poema de Bukowski, y obviamente,  me dijo que “dejara de decir estupideces”. Yo, como es normal, a mi temprana edad, lo veía de una forma inocente, y no entendía la reacción de mi madre en aquel momento. 

Pasados unos años, y por temas profesionales, tuvimos que mudarnos a otra comunidad. Se me partió el alma. Dejar a todos mis amigos, a mi primer amor, y perder todo contacto con mi vida allí, me destrozó. Pero quería ser positiva y, aunque conocía el pueblo al que me mudaba,  no tenía ningún amigo allí.

Los primeros días fueron fáciles. Al ser “la chica nueva” todos estaban pendientes de mi, era la novedad; así que no me resultó demasiado complicado crear nuevos vínculos. Pero las amistades rápidas se rompen igual de rápido que se fraguan  y ese fue mi error. Confiar en alguien que mintió desde el minuto cero. Por aquellos entonces, me quedé prendada de una chica de mi clase, y se lo confesé a un familiar que estaba en un curso superior. Cuántas veces me habré arrepentido de  aquello.

No sé hasta que punto puede llegar la maldad de un niño de 10 años, pero aquello sobrepasó todos lo límites. Todo el colegio se enteró y empezó mi infierno: insultos, humillaciones y corralitos de agresiones físicas que soporté durante un año luchando con uñas y dientes, pero acabé rendida al ver que no era fácil  defenderte cuando son 20 contra 1, y me dominó el silencio, que dio paso a la autolesión. Las agresiones seguían y mi mente se sentía liberada cada vez que cometía el error de herirme a mi misma. Así aguanté durante dos años, sin percatarme de que el silencio era mi peor enemigo, hasta que un día las agresiones fueron mucho más allá, y acabé con dos costillas y el labio partido. No aguantaba más y exploté. Quería acabar con aquel sufrimiento de la forma más rápida, pero no fui capaz, y tampoco quise denunciar. Comencé a defenderme mientras estaba en tratamiento psicológico y trataba de superar, al mismo tiempo todo aquello. Lo conseguí.

Pero lo que más me dolió de todo,  mucho más que las agresiones, fue la traición. Sentir que me arrebatan mi identidad, todo aquello cuanto era.

Durante unos años oculté mi sexualidad a mis padres, pero llegó un momento en que era demasiado evidente. Yo apenas tenía 14 años y conocí por Internet a una chica de Madrid 5 años mayor que yo. Vino a verme y mis padres se acabaron enterando de lo nuestro. Cuando ella se fue comenzó el caos. Mis padres se lo tomaron de una forma muy dramática y les costó mucho asimilarlo, incluso llegaron a decirme que “me habían comido la cabeza”, pero en el fondo sabían que no era así. Sabían que, desde pequeña, les había lanzado señales claras y concisas de mi orientación sexual,  así que, a pesar de todo el drama, con el paso del tiempo fueron aceptándolo hasta el punto de conocer formalmente a alguna pareja e, incluso,  implicarse en la relación de forma muy positiva y aconsejarme sobre qué hacer en determinadas situaciones. 

Por eso os animo a que salgáis de ese oscuro y viejo mueble que huele a moho. Que nadie os arrebate el derecho a expresaros, al derecho a amar. Que después de un periodo de drama, viene la felicidad y hay que salir a buscarla.

Tú decides. Tú hablas. Tú vives. Tú amas. 

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